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La sencilla historia de una casa.

Margarita Aguillón, es una anciana de 65 años de edad. Su vida transitado entre la pobreza y la lucha por sobrevivir en un mundo que cada día se pierde entre la indiferencia y la desidia. Margarita sabe que es comer salteado, sufrir el abandono de sus hijos, llegar a casa sin que nadie le espere y sentir que el paso de los años pesa, duele.
Una mujer que ha criado 6 hijos y de los cuales solo tres viven. Al padre de ellos Margarita lo dejó hace  20 años “por mujeriego y parrandero” aclara y muy segura de que fue una buena decisión.
Durante años ha lavado y planchado ajeno, esa ha sido la mayor fuente de ingresos, con el sudor derramado sobre esa ropa sus hijos crecieron.Ahora sus hijos no pueden ayudarle, pues “tienen sus hogares y responsabilidades” dice la dulce anciana.

Hace dos años su vida de sufrimiento cambio. Margarita nunca se imaginó que una declaración de fe en la que pronunciaría a Jesucristo como el Señor y salvador de su alma tendría un enorme impacto en su vida.

Primero fue la paz y la tranquilidad de gozarse en la presencia del Señor adorándole y cantándole durante los cultos en el Tabernáculo de Avivamiento Internacional (TAI). Acepta al Señor e inmediatamente comienza a servirle en el Coro de la iglesia.
Luego vendría la relación y el calor humano de los hermanos y hermanas del ministerio. Ella se ha ganado el cariño y la atención de los que le conocen. Todo estaba bien. Aunque con pobreza y dolores ella no desmayaba en su pasión por servirle al Señor.
Un día esta anciana mujer lloró amargamente la destrucción de humilde vivienda, una champa de lata y cartón, debido al derrumbamiento de un árbol que la desarmó completamente. ¿Cómo es posible que una mujer que ha sufrido casi toda la vida y que le sirve al Señor sufra estas penalidades? Podría preguntarse cualquiera. Ella no le reclamó a su Dios, inclinó su rostro le adoró con más fuerza y dijo como Job “Jehová me lo dio todo, el Señor me lo quitó, Bendito sea el nombre del Señor”.

Así fue. En el cantón Ojo de Agua del municipio de Cojutepeque, todo mundo empezó hablar de la casa que le estaban construyendo a Margarita. Un grupo de hombres,  mujeres y jóvenes con pala y materiales en mano comenzaron  a erigir una casa sobre las ruinas de la champa de lata y cartón de la hermana Margarita. Sin un pago más una taza de atol, ese grupo comenzó a ejecutar toda una sinfonía de amor hecha tangible por medio del duro trabajo que significa construir una vivienda.
Al caminar por los atajos y polvorientos caminos del cantón me encontré llorando a una mujer, ¿Porqué llorará está mujer en pleno día de la madre? Me pregunté y traté de consolarla. “No hijo no es de tristeza, es de alegría por  lo bueno que es Dios conmigo” dijo aquella mujer y agregó “Cuando mi casa fue destruida por un árbol, nunca imaginé que era Dios destruyéndola para construirme una nueva”.

Ante mis ojos tenía una linda casa que Dios había levantado usando a distintos seres humanos, todos ellos miembros y hermanos del TAI, un proyecto del Señor que ha sido de bendición. No hay duda, Dios une a las personas, y ellas deciden como actuar conforme al corazón de Jehová.

Fin

(ANTES)

(DESPUES)